¿Qué darían por tener su minuto de gloria? Le preguntaron unos periodistas a Yolanda Serrano, directora de casting de Notro TV en Italia sobre los 250.000 jóvenes que se presentaron a un casting para un reality show.
La respuesta es fascinante: “Es que no quieren un minuto de gloria, los adolescentes quieren ser famosos y ganar dinero, que es lo más importante para ellos. No se presentan para sólo para tener un minuto sino para estar, buscan la fama que cambie su vida. Advierten que cualquiera puede salir en televisión y creen que se les va a querer más por ser famosos.”
Y está Jade Goody, al estrella de los reality británicos enferma de cáncer terminal que ha vendido los derechos de transmisión de su muerte a un canal y a una revista.
En todas partes dónde haya televisión farandulera y/o de “realidad” pululan estos chicos salidos de la nada que quieren asaltar la fama como todo ideal. Estamos asistiendo ante nuestras narices de un cambio cultural profundo. En los sesenta, setentas e incluso en los frívolos ochentas, los chicos querían cambiar el mundo. O con la revolución. O con el rock. O con la libertad. Como sea.
Hoy esa opción no existe. El mundo está y punto. ¿Qué se debe hacer frente a él? Consumirlo, disfrutarlo y pasarlo bien. No hay crítica nostálgica en estas líneas. Porque, finalmente, ese es el mundo que hemos construido.
Pero hay una trampa en todo esto. La fama no trae dinero automáticamente. Ya John Lennon con su típica ironía decía que le hubiera gustado ser un millón de veces menos famoso y una millón de veces más rico.
Por eso no es extraño que Raffaella Fico, una de las jóvenes protagonistas (20 años) de Gran Hermano en su versión italiana, haya decidido subastar su virginidad por un millón de euros, mientras aclaraba: "Quiero ver si alguien desembolsa esta suma para tenerme". Esta especie de prostitución de lujo no es tan rara. Todo lo contrario, en el caso de la bellísima Fico, además, bien puede convertirse en el próximo cuento diario que cuenten los medios del mundo entero una vez muera Jade Goody.
Pero no debemos ir muy lejos, si se hace una búsqueda con la palabra “modelos” (y añade Quito, obtendrá una serie de sitios dónde chicas promocionan su compañía y servicios sexuales y ponen en su curriculum haber participado en campañas promocionales, haber aparecido eventualmente en algún programa de TV, etc.
Son quienes han tenido un momento de fama (los “15 minutos”), pero no alcanzó para hacer la carrera que les de dinero. La misma Raffaella Fico, lo que está diciendo con su anuncio es: “ya me exhibieron, ya me disfrutaron en la pantalla, ahora necesito que alguien pague por eso”.
Hay quien se puede escandalizar y quien se asuste con este mundo. Pero no se trata de condenarlo ni de asustarse con él, sino saber que existe, que está ahí. E incluso, para quienes aún creemos en eso, tratar de cambiarlo para hacerlo más humano.
viernes 24 de abril de 2009
Basura
Escena Uno: Los niños van el fin de semana a sembrar árboles en un barrio marginal de las laderas del Pichincha. Van con gorras, palas y plantas listas para ser sembradas. Al mediodía se reparten refrigerios, sánduches y refrescos. Los más pequeños recogen su basura y se la llevan (por suerte, los más pequeños son lo más conscientes). Las adolescentes de un prestigioso colegio de la capital arrojan entre los arbolitos recién sembrados, botellas y fundas plásticas.
Escena dos: Día de la Tierra, los sets de televisión se llena de proclamas bonitas, declaraciones de principios. “Salvemos el planeta” por aquí y por allá. En la víspera un candidato lleva un pumamaqui para regalar a su entrevistador… Todos en una fiebre verde. Pero suele ocurrir que la proclama muchas veces reemplaza a la acción real.
Escena final. El panorama es dantesco, pero parece que a nadie le importa que no es hemos enseñado a vivir entre basura. Lo cierto es que las carreteras del Ecuador, la cercanía de cualquier presencia humana en este país está precedida por la presencia de montones de fundas, tarrinas, botellas plásticas, papel, latas de todo tipo, pedazos de vidrio, botellas de cerveza, otras de alcohol, aceite quemado, llantas, tapas de refrescos. Haga el ejercicio, uno puede medir, si tiene cerca algún poblado, ciudad o conglomerado humano midiendo la cantidad de basura que se va acumulando al borde de la carretera.
Es patético: el registro de que el ser humano puebla este rincón del planeta llamado Ecuador, es la basura. Es nuestra mayor obra. Y parece importarnos nada… Porque la basura siempre es problema de otro. Del Alcalde que no hace bien su trabajo. Del Gobierno que debe solucionar la “disposición de los desechos sólidos” como dice el lenguaje técnico que todo lo encubre. Lo cierto es que hemos convertido ya no solo a las mayores ciudades de este país en un chiquero.
¿Qué se está haciendo? Nada. Ni siquiera nos damos cuenta del problema. Pienso en esto, luego de que arrojan de un autobús interprovincial una tarrina aún con restos de comida y casi golpea de pleno el parabrisas del auto dónde voy.
¿No es hora de plantearse en serio este problema? Yo diría que es uno de los problemas más grandes que tenemos y ante el cual cerramos los ojos o no queremos verlo. Por eso, es hora de unir esfuerzos y tratar de limpiar este país, ya no figuradamente sino literalmente. Este es el tipo de cuestiones que bien pueden movilizar esfuerzos conjuntos. Ministerios del sector público, municipios, escuelas y colegios, fuerzas de seguridad, empresa privada (especialmente los fabricantes de las botellitas de plástico y las cervecerías), medios de comunicación, transporte público, etc.
Toda la sociedad tiene algo que hacer con la basura. Aunque sea guardársela en los bolsillos… Creo que así como el trato a los animales define nuestro grado de humanidad, el manejo de la basura define el grado de respeto que nos tenemos unos con otros y con el pedazo de planeta, las patrias grandes y chicas, que nos toca habitar.
Escena dos: Día de la Tierra, los sets de televisión se llena de proclamas bonitas, declaraciones de principios. “Salvemos el planeta” por aquí y por allá. En la víspera un candidato lleva un pumamaqui para regalar a su entrevistador… Todos en una fiebre verde. Pero suele ocurrir que la proclama muchas veces reemplaza a la acción real.
Escena final. El panorama es dantesco, pero parece que a nadie le importa que no es hemos enseñado a vivir entre basura. Lo cierto es que las carreteras del Ecuador, la cercanía de cualquier presencia humana en este país está precedida por la presencia de montones de fundas, tarrinas, botellas plásticas, papel, latas de todo tipo, pedazos de vidrio, botellas de cerveza, otras de alcohol, aceite quemado, llantas, tapas de refrescos. Haga el ejercicio, uno puede medir, si tiene cerca algún poblado, ciudad o conglomerado humano midiendo la cantidad de basura que se va acumulando al borde de la carretera.
Es patético: el registro de que el ser humano puebla este rincón del planeta llamado Ecuador, es la basura. Es nuestra mayor obra. Y parece importarnos nada… Porque la basura siempre es problema de otro. Del Alcalde que no hace bien su trabajo. Del Gobierno que debe solucionar la “disposición de los desechos sólidos” como dice el lenguaje técnico que todo lo encubre. Lo cierto es que hemos convertido ya no solo a las mayores ciudades de este país en un chiquero.
¿Qué se está haciendo? Nada. Ni siquiera nos damos cuenta del problema. Pienso en esto, luego de que arrojan de un autobús interprovincial una tarrina aún con restos de comida y casi golpea de pleno el parabrisas del auto dónde voy.
¿No es hora de plantearse en serio este problema? Yo diría que es uno de los problemas más grandes que tenemos y ante el cual cerramos los ojos o no queremos verlo. Por eso, es hora de unir esfuerzos y tratar de limpiar este país, ya no figuradamente sino literalmente. Este es el tipo de cuestiones que bien pueden movilizar esfuerzos conjuntos. Ministerios del sector público, municipios, escuelas y colegios, fuerzas de seguridad, empresa privada (especialmente los fabricantes de las botellitas de plástico y las cervecerías), medios de comunicación, transporte público, etc.
Toda la sociedad tiene algo que hacer con la basura. Aunque sea guardársela en los bolsillos… Creo que así como el trato a los animales define nuestro grado de humanidad, el manejo de la basura define el grado de respeto que nos tenemos unos con otros y con el pedazo de planeta, las patrias grandes y chicas, que nos toca habitar.
Y sin embargo... (La crisis del periodismo IV y final)
Recién leía en una revista Newsweek, el artículo de un célebre blogger que renunciaba a su carrera al no poder mantener el esfuerzo de publicar diariamente en un sitio que no le daba los ingresos suficientes como para poder vivir.
Hay quienes sostienen que todo se trata del declive de los diarios, las revistas, la prensa en papel. Que se está pasando del viejo mundo del impreso al mundo digital y virtual del Internet.
No es del todo cierto. En primer lugar, la televisión no escapa de la crisis. En segundo lugar, no existe todavía ningún modelo de negocios exitoso (en términos de ingresos) en el periodismo en Internet. De hecho, todos los grandes proyectos han resultado fallidos, por una u otra razón.
Hay quienes dicen que la crisis del periodismo es simplemente el momento de declive de un mundo en el cual comunicación significa “medios” a otro en el cual vamos a hablar simplemente de contenidos: textos, imágenes, vídeos, audios circulando a través de una gran diversidad de medios: la Internet, los teléfonos celulares, la TV digital interactiva, etc. Sin embargo, es una visión optimista de las cosas.
Breve paréntesis: siguen las malas noticias: el Boston Globe anuncia pérdidas históricas, las mayores en sus 150 años de historia. El New York Times, sí el mismísimo New York Times, señala que es posible que dejé de editar el diario si no se logra un acuerdo con los sindicatos para reducir los costos en 20 millones de dólares anuales.
El asunto no pasa por el reemplazo de una tecnología por otra. De unos medios de comunicación a uno que es la condensación de todos los anteriores (el Internet). Se trata de un cambio definitivo en la forma de usar los medios.
La gente no ha dejado de consumir noticias. Todos los estudios y estadísticas nos dicen que se consume más noticias que nunca. Sin embargo, la forma de llegar a la noticia es radicalmente distinta. Todos quienes conozcan del tema saben que el nuevo lector de Internet llega a la información a través de vínculos. Es decir, no lee medios, lee temas. Si quiere informarse, por ejemplo, de algo como “terremoto en Italia” hace la búsqueda en un motor como Google y va saltando de página en página o de nexo en nexo, dentro de la misma página.
Por eso, hay batallas que se están desarrollando en ese campo. Los productores de contenidos (los diarios), por ejemplo quieren que Google pague un “fee” por el servicios de Google News o hay quienes plantean que las páginas que hagan enlaces directos a otras páginas deben pagar también una tasa por ello.
El asunto es que se está buscando un nuevo modelo de negocios. Los que tiene que ganar en esto no son los grandes medios, todo lo contrario. Si vemos bien la mejor posición la tienen empresas como los proveedores de telefonía o los buscadores de Internet.
De regreso a nuestro país, esa es la razón por la cual pretender que la “democratización” de los medios pasa por el ataque en contra de los grandes medios y sus “monopolios” y que eso se convierta en la base de las nuevas leyes que regirán la comunicación en el país es, por decir lo menos, maniqueo y poco visionario.
El mundo de la comunicación cambia aceleradamente y no sabemos hacia dónde. Sería trágico que el Estado en lugar de dar mayor dinámica a los cambios, siga mirando rabiosamente al pasado.
Hay quienes sostienen que todo se trata del declive de los diarios, las revistas, la prensa en papel. Que se está pasando del viejo mundo del impreso al mundo digital y virtual del Internet.
No es del todo cierto. En primer lugar, la televisión no escapa de la crisis. En segundo lugar, no existe todavía ningún modelo de negocios exitoso (en términos de ingresos) en el periodismo en Internet. De hecho, todos los grandes proyectos han resultado fallidos, por una u otra razón.
Hay quienes dicen que la crisis del periodismo es simplemente el momento de declive de un mundo en el cual comunicación significa “medios” a otro en el cual vamos a hablar simplemente de contenidos: textos, imágenes, vídeos, audios circulando a través de una gran diversidad de medios: la Internet, los teléfonos celulares, la TV digital interactiva, etc. Sin embargo, es una visión optimista de las cosas.
Breve paréntesis: siguen las malas noticias: el Boston Globe anuncia pérdidas históricas, las mayores en sus 150 años de historia. El New York Times, sí el mismísimo New York Times, señala que es posible que dejé de editar el diario si no se logra un acuerdo con los sindicatos para reducir los costos en 20 millones de dólares anuales.
El asunto no pasa por el reemplazo de una tecnología por otra. De unos medios de comunicación a uno que es la condensación de todos los anteriores (el Internet). Se trata de un cambio definitivo en la forma de usar los medios.
La gente no ha dejado de consumir noticias. Todos los estudios y estadísticas nos dicen que se consume más noticias que nunca. Sin embargo, la forma de llegar a la noticia es radicalmente distinta. Todos quienes conozcan del tema saben que el nuevo lector de Internet llega a la información a través de vínculos. Es decir, no lee medios, lee temas. Si quiere informarse, por ejemplo, de algo como “terremoto en Italia” hace la búsqueda en un motor como Google y va saltando de página en página o de nexo en nexo, dentro de la misma página.
Por eso, hay batallas que se están desarrollando en ese campo. Los productores de contenidos (los diarios), por ejemplo quieren que Google pague un “fee” por el servicios de Google News o hay quienes plantean que las páginas que hagan enlaces directos a otras páginas deben pagar también una tasa por ello.
El asunto es que se está buscando un nuevo modelo de negocios. Los que tiene que ganar en esto no son los grandes medios, todo lo contrario. Si vemos bien la mejor posición la tienen empresas como los proveedores de telefonía o los buscadores de Internet.
De regreso a nuestro país, esa es la razón por la cual pretender que la “democratización” de los medios pasa por el ataque en contra de los grandes medios y sus “monopolios” y que eso se convierta en la base de las nuevas leyes que regirán la comunicación en el país es, por decir lo menos, maniqueo y poco visionario.
El mundo de la comunicación cambia aceleradamente y no sabemos hacia dónde. Sería trágico que el Estado en lugar de dar mayor dinámica a los cambios, siga mirando rabiosamente al pasado.
El movimiento del alfil
Tras el revuelo por la salida de Carlos Vera de Ecuavisa, su casa en estos 10 años, está un dilema que bien vale la pena analizar: equilibrio informativo en un canal vs. Decisiones editoriales autónomas de un programa de TV.
La carta de renuncia es clara: me voy porque soy director de mi espacio y por lo tanto tengo el derecho y la libertad de decidir a quienes invito y a quienes no. Ecuavisa, por su lado, dice: ya se concedió a Nebot una entrevista de 18 minutos, allí se refirió a la candidata Duarte y por lo tanto no se puede pretender hacer un Cero Tolerancia de una hora solo –y una vez más- con Jaime Nebot. A todo esto, se debiera sumar que antes de las “vacaciones” de Carlos Vera, el Alcalde de Guayaquil había aparecido por lo menos dos veces más, desde el inicio de la campaña electoral.
Allí está el dilema: ¿Puede un periodista decir soy dueño de mi espacio, lo manejo como deseo y si no quiero someterme a un principio de equilibrio editorial es mi problema? ¿Puede el canal atribuirse el derecho de llamar al equilibrio en un programa eminentemente de opinión y con ello interferir en los contenidos de ese espacio?
Creo que la respuesta es nítida. Por eso creo que la salida de Vera en estos términos suena a pretexto. Que todo se debe a que a estas alturas se está reconfigurando el panorama de los medios. ¿De qué forma? Tengo sospechas, pero sería aventurado decir algo sin que las piezas comiencen a calzar.
Por último, citar a la libertad de expresión o a la independencia periodística -como en otros casos de editorialistas y periodistas “famosos”- es frivolizar el término. Todos los días en las redacciones más equipadas o en las más precarias hay decenas de periodistas que se juegan noblemente por el oficio y no merecen media palabra cuando se retiran sin teatralidad alguna.
La carta de renuncia es clara: me voy porque soy director de mi espacio y por lo tanto tengo el derecho y la libertad de decidir a quienes invito y a quienes no. Ecuavisa, por su lado, dice: ya se concedió a Nebot una entrevista de 18 minutos, allí se refirió a la candidata Duarte y por lo tanto no se puede pretender hacer un Cero Tolerancia de una hora solo –y una vez más- con Jaime Nebot. A todo esto, se debiera sumar que antes de las “vacaciones” de Carlos Vera, el Alcalde de Guayaquil había aparecido por lo menos dos veces más, desde el inicio de la campaña electoral.
Allí está el dilema: ¿Puede un periodista decir soy dueño de mi espacio, lo manejo como deseo y si no quiero someterme a un principio de equilibrio editorial es mi problema? ¿Puede el canal atribuirse el derecho de llamar al equilibrio en un programa eminentemente de opinión y con ello interferir en los contenidos de ese espacio?
Creo que la respuesta es nítida. Por eso creo que la salida de Vera en estos términos suena a pretexto. Que todo se debe a que a estas alturas se está reconfigurando el panorama de los medios. ¿De qué forma? Tengo sospechas, pero sería aventurado decir algo sin que las piezas comiencen a calzar.
Por último, citar a la libertad de expresión o a la independencia periodística -como en otros casos de editorialistas y periodistas “famosos”- es frivolizar el término. Todos los días en las redacciones más equipadas o en las más precarias hay decenas de periodistas que se juegan noblemente por el oficio y no merecen media palabra cuando se retiran sin teatralidad alguna.
viernes 3 de abril de 2009
La crisis del periodismo III: Autodepuración
Durante las dos últimas semanas hemos estado hablando de la crisis del periodismo y los hechos se siguen acumulando: más de mil despidos en el conglomerado de medios del Daily Mail en Inglaterra. La Radio Televisión canadiense elimina 800 puestos de trabajo. Un canal de TV privado de Chile elimina todos sus noticieros...
Pero hablemos de algo más cercano y de un hecho que sirve como el perfecto ejemplo de las características que adquiere la crisis del periodismo en nuestro país: la pérdida de credibilidad.
Por supuesto, nos referimos al caso de los rumores publicados sobre los containers de los supuestos billetes de “cóndores” con los cuales se iban a reemplazar a los dólares después de las elecciones y de darse la victoria del actual Régimen.
En realidad, para muchos el rumor no era nuevo. Venía circulando en el Internet desde hace semanas, en coincidencia con la campaña electoral. Diariamente uno recibe decenas de estos correos anónimos distribuidos por cadenas de personas de buena voluntad y de las otras. Es muy raro que un periodista les de crédito y menos que los publique si no tiene una fuente realmente fiable que confirme la información. La norma es que si una denuncia es presentada de forma anónima, si el denunciante no se identifica ante el periodista, aunque después se preserve su identidad, estamos ante información poco confiable y no publicable.
Pero he aquí que un articulista, Rómulo López Sabando decide publicar los rumores. Lo hace con los detalles casi exactos del correo electrónico anónimo que circulaba desde hace días. Las cosas se agravan cuando el articulista decide que no va a revelar sus fuentes. Y no hablamos de su identidad, sino de su naturaleza. Las normas profesionales, incluyendo el código de ética para el periodismo de investigación, dice que solo se invocará la reserva de la fuente en último caso, cuando las fuentes corren inminente peligro.
La advertencia del Presidente Correa que luego se concreta de forma por demás “oportuna” en la denuncia de un ciudadano y la diligencia de un comisario para abrir un proceso todos blandiendo amenazantes un caduco (con todo y reformas) Código Penal, es condenable, por intimidatoria. Sin embargo, lo que hizo el articulista se parece mucho a la irresponsabilidad.
Una de las causas de la pérdida de credibilidad de los medios es justamente el hecho de que no han podido construir mecanismos fiables, efectivos y confiables de autorregulación. Este es un caso muy claro. El articulista no debiera ser amenazado con prisión, pero debieran ser los gremios y organizaciones de la prensa quienes abran procesos de investigación a través de Comités éticos o concejos de la prensa (como se llaman en otros países) y sancionar de ser el caso.
Es lo mismo que debió haberse aplicado en el Caso de Orlando Pérez, dónde todo quedó en unos hablando de “linchamiento” mediático y los otros indignados por la ferocidad de sus expresiones.
Estos consejos éticos, además, debieran ser abiertos y transparentes. Todo ciudadano afectado tendría que ser atendido, porque la autocrítica y la capacidad de autodepuración es el único camino para recuperar la credibilidad.
Pero hablemos de algo más cercano y de un hecho que sirve como el perfecto ejemplo de las características que adquiere la crisis del periodismo en nuestro país: la pérdida de credibilidad.
Por supuesto, nos referimos al caso de los rumores publicados sobre los containers de los supuestos billetes de “cóndores” con los cuales se iban a reemplazar a los dólares después de las elecciones y de darse la victoria del actual Régimen.
En realidad, para muchos el rumor no era nuevo. Venía circulando en el Internet desde hace semanas, en coincidencia con la campaña electoral. Diariamente uno recibe decenas de estos correos anónimos distribuidos por cadenas de personas de buena voluntad y de las otras. Es muy raro que un periodista les de crédito y menos que los publique si no tiene una fuente realmente fiable que confirme la información. La norma es que si una denuncia es presentada de forma anónima, si el denunciante no se identifica ante el periodista, aunque después se preserve su identidad, estamos ante información poco confiable y no publicable.
Pero he aquí que un articulista, Rómulo López Sabando decide publicar los rumores. Lo hace con los detalles casi exactos del correo electrónico anónimo que circulaba desde hace días. Las cosas se agravan cuando el articulista decide que no va a revelar sus fuentes. Y no hablamos de su identidad, sino de su naturaleza. Las normas profesionales, incluyendo el código de ética para el periodismo de investigación, dice que solo se invocará la reserva de la fuente en último caso, cuando las fuentes corren inminente peligro.
La advertencia del Presidente Correa que luego se concreta de forma por demás “oportuna” en la denuncia de un ciudadano y la diligencia de un comisario para abrir un proceso todos blandiendo amenazantes un caduco (con todo y reformas) Código Penal, es condenable, por intimidatoria. Sin embargo, lo que hizo el articulista se parece mucho a la irresponsabilidad.
Una de las causas de la pérdida de credibilidad de los medios es justamente el hecho de que no han podido construir mecanismos fiables, efectivos y confiables de autorregulación. Este es un caso muy claro. El articulista no debiera ser amenazado con prisión, pero debieran ser los gremios y organizaciones de la prensa quienes abran procesos de investigación a través de Comités éticos o concejos de la prensa (como se llaman en otros países) y sancionar de ser el caso.
Es lo mismo que debió haberse aplicado en el Caso de Orlando Pérez, dónde todo quedó en unos hablando de “linchamiento” mediático y los otros indignados por la ferocidad de sus expresiones.
Estos consejos éticos, además, debieran ser abiertos y transparentes. Todo ciudadano afectado tendría que ser atendido, porque la autocrítica y la capacidad de autodepuración es el único camino para recuperar la credibilidad.
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miércoles 1 de abril de 2009
La carrera de caballos
Polibio Córdova con Lenin Artieda. Cómo están las encuestas es el tema ineludible. Y comenzamos con el cansino recitar de los escalafones: Rafael Correa ya está decidido, Lucio Gutiérrez, Álvaro Noboa, Martha Roldós...
¿Y para alcalde de Quito? Augusto Barrera, Antonio Ricaurte... ¿Para prefecto? Gustavo Baroja. ¿Para Alcalde de Guayaquil? Nebot, largo... Para asambleístas, la lista 35, aunque la indecisión gana de largo.
A poco más se ha reducido la cobertura de una campaña electoral que parece no entusiasmar a muchos. Este estilo de coberturas electorales es lo que los analistas estadounidenses llaman la “carrera de caballos”. Es decir, las campañas políticas reducidas a saber quién va primero, quién segundo. Quién le pisa los talones a quién. Qué pura sangre ha sacado varios cuerpos de distancia a los corceles de la competencia.
Otro lado de la “carrera de caballos” son los actos proselitistas. El hipódromo, también, es el espacio para exhibir y exhibirse, apostar, hablar, llegar con los autos. Traducido, una campaña debe implicar caravanas motorizadas, concentraciones masivas, discursos de tarima. ¿Qué sería si no viéramos a Correa y Barrera en la tribuna del Sur? ¿A Nebot en sus recorridos a golpe de madera de guerrero? ¿A Ricaurte sonreír junto a Paco Moncayo?
La pregunta es: ¿Dónde quedan los temas de fondo? Ya que en esta campaña no hay espacios de debate, solo quedan las entrevistas a los candidatos. Pero, tampoco, porque allí predomina el formato sobre la sustancia, como en el caso de las entrevistas estilo ¿Quién quiere ser millonario? que hace Félix Narváez a los candidatos locales de Pichincha.
Estamos en un escenario paradójico: ya que la “carrera de caballos” ha sido la forma de cubrir las campañas electorales (unas veces más otras menos), los políticos también se comportan como caballos en lid. Es decir, sus estrategias van dirigidas a conseguir liderar la carrera, no a construir un discurso y menos una plataforma política que sustente un proyecto. La carrera de caballos no es únicamente un estilo de cobertura periodística sino que se ha transformado en una práctica política.
Por ello, elegiremos a los distintos dignatarios sin que sepamos por ejemplo: ¿qué programa anti crisis plantean? ¿Qué debate sobre dolarización y/o desdolarización se ha dado? (aparte de las amenazas presidenciales de prisión sobre quien “difunda rumores falsos”) ¿Qué modelos políticos, sociales, económicos están en juego? Nada. Solo tenemos una carrera que, para rematar las cosas, no puede ser menos competitiva.
¿Y para alcalde de Quito? Augusto Barrera, Antonio Ricaurte... ¿Para prefecto? Gustavo Baroja. ¿Para Alcalde de Guayaquil? Nebot, largo... Para asambleístas, la lista 35, aunque la indecisión gana de largo.
A poco más se ha reducido la cobertura de una campaña electoral que parece no entusiasmar a muchos. Este estilo de coberturas electorales es lo que los analistas estadounidenses llaman la “carrera de caballos”. Es decir, las campañas políticas reducidas a saber quién va primero, quién segundo. Quién le pisa los talones a quién. Qué pura sangre ha sacado varios cuerpos de distancia a los corceles de la competencia.
Otro lado de la “carrera de caballos” son los actos proselitistas. El hipódromo, también, es el espacio para exhibir y exhibirse, apostar, hablar, llegar con los autos. Traducido, una campaña debe implicar caravanas motorizadas, concentraciones masivas, discursos de tarima. ¿Qué sería si no viéramos a Correa y Barrera en la tribuna del Sur? ¿A Nebot en sus recorridos a golpe de madera de guerrero? ¿A Ricaurte sonreír junto a Paco Moncayo?
La pregunta es: ¿Dónde quedan los temas de fondo? Ya que en esta campaña no hay espacios de debate, solo quedan las entrevistas a los candidatos. Pero, tampoco, porque allí predomina el formato sobre la sustancia, como en el caso de las entrevistas estilo ¿Quién quiere ser millonario? que hace Félix Narváez a los candidatos locales de Pichincha.
Estamos en un escenario paradójico: ya que la “carrera de caballos” ha sido la forma de cubrir las campañas electorales (unas veces más otras menos), los políticos también se comportan como caballos en lid. Es decir, sus estrategias van dirigidas a conseguir liderar la carrera, no a construir un discurso y menos una plataforma política que sustente un proyecto. La carrera de caballos no es únicamente un estilo de cobertura periodística sino que se ha transformado en una práctica política.
Por ello, elegiremos a los distintos dignatarios sin que sepamos por ejemplo: ¿qué programa anti crisis plantean? ¿Qué debate sobre dolarización y/o desdolarización se ha dado? (aparte de las amenazas presidenciales de prisión sobre quien “difunda rumores falsos”) ¿Qué modelos políticos, sociales, económicos están en juego? Nada. Solo tenemos una carrera que, para rematar las cosas, no puede ser menos competitiva.
La crisis del periodismo II: Contacto y contrato
Contacto y contrato. Esas son las dos palabras claves en la relación entre periodismo, medios de comunicación y los lectores, oyentes o televidentes.
Muchas veces, quienes hacemos comunicación confundimos lo uno con lo otro. El contacto es la cantidad de gente que consume un medio: El “rating” en radio y televisión, la circulación, en prensa. Pero suele pasar que por lograr mayor número de “contactos” inmediatos se pierde contrato: el compromiso a largo plazo entre audiencia y medio. Esto es visible cuando un lector escribe “mi diario de toda la vida”. Cuando un televidente dice “el canal con el que crecí”.
En las actuales circunstancias, los sistemáticos ataques verbales del Presiente Correa en contra de la prensa son muy graves, pero es peor aún que mucha gente –en todos los sectores, en todos los niveles, de todas las creencias- piense que está bien, que se lo tienen merecido. Que si se sacara a tal o cual periodista de la tele o de los periódicos no solo no estaría mal sino que se aplaudiría.
¿Por qué? Veamos la ecuación básica del contrato: La libertad de expresión es el derecho que se reconoce a cada persona para expresar libremente sus ideas sin retaliaciones. Existe una segunda libertad que se cobija bajo este principio: la circulación de la información. Y una tercera, la libertad de prensa, que es la concreción en un ámbito específico (el periodístico) de la libertad de expresión.
La sociedad deposita su derecho a la circulación de información en las empresas periodísticas. Estas, a su vez, contratan a los periodistas para que narren acontecimientos de la forma más cercana a la verdad y/o reflejen las distintas sensibilidades de la sociedad.
Este pacto en la vida real no funciona de forma tan perfecta. Muchas cosas suceden. Están las presiones de los poderes políticos y económicos. Está el ejercicio de una gerencia cuya misión es seguir haciendo viable a las empresas periodísticas en un entorno que cambia aceleradamente. Está la tensión entre la necesidad de la pluralidad, la desconcentración y la democratización de los medios frente a la necesidad ineludible de contar con empresas periodísticas fuertes y solventes, listas para afrontar cualquier presión.
Hoy por hoy muchos ciudadanos, políticos y periodistas no creen en la libertad de prensa. La ven como el pretexto bajo el cual algunos empresarios encubren sus culpas en el impedimento de que la información circule libremente y los periodistas ejerzan su libertad de expresión. Hay ejemplos en este sentido, aunque también hay mucha mitología.
Pero la solución que se plantea es peor: que desde el Estado se “compense” y se “regule” la posible vulneración de los derechos sociales. Pero el historial del Estado (de cualquier Estado y de cualquier gobierno que ocupe el Estado) en cuanto a las libertades de prensa, expresión y circulación de la información es nefasto porque existe una tensión insoluble entre el ejercicio del poder que usa la opacidad frente a la transparencia, la propaganda frente a la verdad y la pragmática frente a la ética.
Son los medios y los periodistas quienes estamos llamados a reconstruir el contrato con la gente con lucidez, nitidez, generosidad y humildad. No hay otra alternativa.
Muchas veces, quienes hacemos comunicación confundimos lo uno con lo otro. El contacto es la cantidad de gente que consume un medio: El “rating” en radio y televisión, la circulación, en prensa. Pero suele pasar que por lograr mayor número de “contactos” inmediatos se pierde contrato: el compromiso a largo plazo entre audiencia y medio. Esto es visible cuando un lector escribe “mi diario de toda la vida”. Cuando un televidente dice “el canal con el que crecí”.
En las actuales circunstancias, los sistemáticos ataques verbales del Presiente Correa en contra de la prensa son muy graves, pero es peor aún que mucha gente –en todos los sectores, en todos los niveles, de todas las creencias- piense que está bien, que se lo tienen merecido. Que si se sacara a tal o cual periodista de la tele o de los periódicos no solo no estaría mal sino que se aplaudiría.
¿Por qué? Veamos la ecuación básica del contrato: La libertad de expresión es el derecho que se reconoce a cada persona para expresar libremente sus ideas sin retaliaciones. Existe una segunda libertad que se cobija bajo este principio: la circulación de la información. Y una tercera, la libertad de prensa, que es la concreción en un ámbito específico (el periodístico) de la libertad de expresión.
La sociedad deposita su derecho a la circulación de información en las empresas periodísticas. Estas, a su vez, contratan a los periodistas para que narren acontecimientos de la forma más cercana a la verdad y/o reflejen las distintas sensibilidades de la sociedad.
Este pacto en la vida real no funciona de forma tan perfecta. Muchas cosas suceden. Están las presiones de los poderes políticos y económicos. Está el ejercicio de una gerencia cuya misión es seguir haciendo viable a las empresas periodísticas en un entorno que cambia aceleradamente. Está la tensión entre la necesidad de la pluralidad, la desconcentración y la democratización de los medios frente a la necesidad ineludible de contar con empresas periodísticas fuertes y solventes, listas para afrontar cualquier presión.
Hoy por hoy muchos ciudadanos, políticos y periodistas no creen en la libertad de prensa. La ven como el pretexto bajo el cual algunos empresarios encubren sus culpas en el impedimento de que la información circule libremente y los periodistas ejerzan su libertad de expresión. Hay ejemplos en este sentido, aunque también hay mucha mitología.
Pero la solución que se plantea es peor: que desde el Estado se “compense” y se “regule” la posible vulneración de los derechos sociales. Pero el historial del Estado (de cualquier Estado y de cualquier gobierno que ocupe el Estado) en cuanto a las libertades de prensa, expresión y circulación de la información es nefasto porque existe una tensión insoluble entre el ejercicio del poder que usa la opacidad frente a la transparencia, la propaganda frente a la verdad y la pragmática frente a la ética.
Son los medios y los periodistas quienes estamos llamados a reconstruir el contrato con la gente con lucidez, nitidez, generosidad y humildad. No hay otra alternativa.
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