Polibio Córdova con Lenin Artieda. Cómo están las encuestas es el tema ineludible. Y comenzamos con el cansino recitar de los escalafones: Rafael Correa ya está decidido, Lucio Gutiérrez, Álvaro Noboa, Martha Roldós...
¿Y para alcalde de Quito? Augusto Barrera, Antonio Ricaurte... ¿Para prefecto? Gustavo Baroja. ¿Para Alcalde de Guayaquil? Nebot, largo... Para asambleístas, la lista 35, aunque la indecisión gana de largo.
A poco más se ha reducido la cobertura de una campaña electoral que parece no entusiasmar a muchos. Este estilo de coberturas electorales es lo que los analistas estadounidenses llaman la “carrera de caballos”. Es decir, las campañas políticas reducidas a saber quién va primero, quién segundo. Quién le pisa los talones a quién. Qué pura sangre ha sacado varios cuerpos de distancia a los corceles de la competencia.
Otro lado de la “carrera de caballos” son los actos proselitistas. El hipódromo, también, es el espacio para exhibir y exhibirse, apostar, hablar, llegar con los autos. Traducido, una campaña debe implicar caravanas motorizadas, concentraciones masivas, discursos de tarima. ¿Qué sería si no viéramos a Correa y Barrera en la tribuna del Sur? ¿A Nebot en sus recorridos a golpe de madera de guerrero? ¿A Ricaurte sonreír junto a Paco Moncayo?
La pregunta es: ¿Dónde quedan los temas de fondo? Ya que en esta campaña no hay espacios de debate, solo quedan las entrevistas a los candidatos. Pero, tampoco, porque allí predomina el formato sobre la sustancia, como en el caso de las entrevistas estilo ¿Quién quiere ser millonario? que hace Félix Narváez a los candidatos locales de Pichincha.
Estamos en un escenario paradójico: ya que la “carrera de caballos” ha sido la forma de cubrir las campañas electorales (unas veces más otras menos), los políticos también se comportan como caballos en lid. Es decir, sus estrategias van dirigidas a conseguir liderar la carrera, no a construir un discurso y menos una plataforma política que sustente un proyecto. La carrera de caballos no es únicamente un estilo de cobertura periodística sino que se ha transformado en una práctica política.
Por ello, elegiremos a los distintos dignatarios sin que sepamos por ejemplo: ¿qué programa anti crisis plantean? ¿Qué debate sobre dolarización y/o desdolarización se ha dado? (aparte de las amenazas presidenciales de prisión sobre quien “difunda rumores falsos”) ¿Qué modelos políticos, sociales, económicos están en juego? Nada. Solo tenemos una carrera que, para rematar las cosas, no puede ser menos competitiva.
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